jueves, 25 de septiembre de 2008

¿Corrupción o impunidad? (#24)

Por Guillermo Castellanos Guzmán.

Que tengamos corrupción,
Eso ya no es novedad,
Pero hay gran preocupación,
Por la enorme impunidad,
Seguro que hay colusión,
Con toda la Autoridad.

¿Qué es más grave para el país, la corrupción o la impunidad? Sabemos que la corrupción existe desde tiempos inmemoriales y que no es ajena a país alguno; sin embargo cuando los ilícitos no se castigan (impunidad), se invita a la sociedad a delinquir, pues quien lo hace, obtiene recursos con rapidez y facilidad, es admirado, tienen ascensos y difícilmente será castigado.

Corrupción, del verbo latino corrumpo-is-ere-rupi-ruptum, corromper, descomponer, sobornar, se manifiesta en forma creciente en un sin número de actuaciones incorrectas e inmorales: sobornos, peculados, malversación de fondos, desfalcos, tráfico de influencias, favoritismos, compadrazgos, nepotismo, abusos de autoridad, pago de favores, fraude electoral, etc, todo en connivencia con las esferas pública y privada.


Impunidad del latin impunitas-atis (“sin castigo”). El concepto no se limita a la no sanción de los delitos, sino que comprende la utilización de la ley en favor de intereses particulares. En México el índice de impunidad (más del 95%) fortalece la corrupción, favorece los mecanismos para reproducirla y además mina la confianza en los gobernantes y en las instituciones.


Tal vez la corrupción no tiene su origen en la desigualdad social, pero si puede afirmarse que ésta, sobre todo el desempleo, bajos salarios, baja educación, desintegración familiar favorecen ciertas prácticas ilícitas como los asaltos, el crimen organizado y el narcomenudeo.

La impunidad puede deberse a ineptitud, pero también a la conveniencia. Para la primera puede haber diversos instrumentos que nos protejan, pero la segunda es más difícil de combatir, pues hay todo un entramado de intereses, privilegios y ventajas de por medio. En nuestro país conviven las dos, pero la segunda ha tenido un crecimiento exponencial.

En la reciente comparecencia ante el Congreso de los responsables de la seguridad, a la que por cierto mandaron a Mouriño a defender las estrategias del gobierno, cuando él está acusado de tráfico de influencias, reconocieron que las policías están infiltradas por delincuentes; por lo que no pueden ofrecer resultados favorables. Nada se comentó de hasta que niveles de las altas esferas de la política y del gobierno llega la colusión, pues sin ésta, no es explicable tanta impunidad y si no, que se puede decir de la matanza de Tlatelolco, de las elecciones de 1988 y del 2006 entre otras, de Acteal, de Colosio y Ruiz Massiu, del mega fraude del Fobaproa, de las carreteras concesionadas, de los ingenios, del caso de Lydia Cacho, de los hijos de Martha, de la venta de empresas públicas, etc. ¿Quiénes van a desarmar el entramado?

En la historia del mundo ha habido muchos casos en que las autoridades propician actos graves de violencia, o al menos aprovechan los que se presentan, para obtener beneficios políticos, solicitando cerrar filas, causando miedo en la población, incrementando presupuestos para “enfrentar” el problema sin estrategias, endureciendo algunas medidas como aumento de penas (que habiendo impunidad no solucionan nada) e incrementando la represión, que aprovechan para aplicarla más a los disidentes políticos que a los criminales.

Estoy convencido de que México, con sus recursos y riqueza disponibles, podría estar creciendo económicamente, a tasas mucho mayores, generando infraestructura y empleos, mejorando la educación y disminuyendo desigualdades regionales y sociales, en lugar de estar sumido en el estancamiento, el deterioro social y la inseguridad. ¿Hasta cuando la sociedad civil va a despertar para exigir que esto ocurra? ¿Qué futuro de país le dejaremos a hijos y nietos?

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